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Un grupo de chicas dispuestas a hacer ruido, a escribir y a relatar experiencias personales para hablar de lo que nos pasa, nos interesa y nos incomoda.

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Carrera clandestina, madrugada sobre ruedas

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Por: Dariela

 

A las 4:30 am ya estábamos en el punto de reunión. La salida estaba planeada para las 5 am, cuando una buena parte de la ruta del maratón ya estuviera marcada y cerrada a los coches. ¿Qué deseo extraño nos lleva a hacer una carrera en la madrugada? Quién sabe. Será la adrenalina, o tal vez nuestra vocación rebelde alentada por la clandestinidad.

Este año corrí por tercera vez. La primera no pensé que pudiera terminar los 42 kilómetros del maratón. La noche anterior calculaba que llegaría hasta Polanco o tal vez la Condesa. “¿42 km a toda velocidad? Eso es sólo para pros”, pensé. Con una bicicleta nueva, sin velocidades y no muy buena condición física, llegué a la meta en 90 minutos, nada despreciables para una principiante.

marathon crash

Inició la cuenta regresiva y salimos hacia Reforma. Decenas de lucecitas avanzaban a toda velocidad por los carriles centrales; en los cruces, campanitas, timbres, silbatos y chiflidos detuvieron a los autos que, intrigados, veían pasar tantas bicicletas tan rápido y tan temprano. Cuando dimos vuelta en U en la Av. Ricardo Flores Magón todos comenzaron a rebasarme: por empezar tan rápido ya me estaba cansando y no llevábamos ni 5 km.

Poco a poco vi cómo las bicicletas conocidas se alejaban un poco más y más y más.

La ciudad de madrugada tiene otra cara y sorprende que a esas horas haya tantos coches circulando por las calles.

Una parte de la ruta pasa por Thiers y sube el puente que lleva a Ejército Nacional. No hay otra opción que formar fila india —que a lo lejos se divisa como luces parpadeantes que suben un puente en contrasentido— y esquivar los coches.

marathon crash

Llegamos a Polanco. Hace dos años pasábamos frente a Antara y algunos mirreyes subidos de copas nos gritaban; el año pasado tomamos Masaryk en medio de la remodelación, entre trabajadores cerrando calles, maquinaria pesada, mucho lodo y un tormentón.

La mente empieza a pensar en la retirada cuando llegamos a Chapultepec y, a la altura del Auditorio Nacional, cruzamos la marca de los 20 km. Pero el fresco del bosque es un verdadero respiro y me llega el segundo aire para sortear los baches de la Condesa.

Este año son pocas las caras conocidas: mis papás, mi novio y un par de amigos que perdí desde la salida.

Por Av. Nuevo León tomamos Insurgentes, la recta final: una pendiente constante de 7 km. Avanzamos por el kilómetro 35 y comienza la subida, ésa de la que nunca nos damos cuenta cuando vamos en el metrobús porque es casi imperceptible, pero que en bicicleta provoca calambres en los muslos.

Mientras dejo atrás a los voluntarios que acomodan bolsitas de agua para los corredores, aparece de nuevo ese pensamiento del mal: “Ya no puedo”.

Me queda claro que en estas situaciones el peor enemigo es una misma, porque basta una sacudida de cabeza y mirar fijamente el pavimento, olvidarse de la inclinación y no parar. Casi sin darme cuenta ya estamos en Altavista y muy pronto veo la estación Doctor Gálvez a mi izquierda: “¡Llegué!”.

marathon crash ciudad de mexico

Frente al Estadio de la UNAM ya hay un montón de bicis estacionadas, caras sudorosas y abrazos de felicitación.

Entre toda la gente me rencuentro con mis amigos y veo el reloj. Una hora cuarenta y siete minutos. Hice más tiempo que las veces anteriores pero no importa, el próximo año sí rompo mi marca.


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