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El día que encontré a Michel Gondry hurgando en mi vida

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Fue hace unos años, en 2008 para ser exacta, que mi relación con el cine se volvió visceral y nostálgica.

Cuando me encontré con el póster de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, inmediatamente me dije que no vería esa película porque debía huir de Ace Ventura… de Jim Carrey, más bien.

Pasaron los meses y como le ocurre a cualquier “chiflado cósmico”, diría Villoro, me rompieron el corazón, y como lo pienso con los libros, creo que la película me encontró a mí.

No sé qué fue, si la soledad de Joel Barish o el eclecticismo de Clementine Kruszcinsky, pero no pude hacer nada al respecto, ya estaba enamorada, con el corazón roto, pero enamorada.

Desde ese día quise saber todo del director, porque no entedía cómo alguien tan ajeno a mí me había plasmado tan bien. Y era todo: el guión, la fotografía, la música, la arena sobrevalorada, ese vacío en la escena donde Clementine, ansiosa, vuelve de estar con Joel y se sienta en la banca de su cuarto porque no tiene otra opción.

Pasó el tiempo y el siguiente trabajo de Michel Gondry, La Ciencia del Sueño, no me impactó. Nuevamente tuve que convertirme en uno de los personajes para involucrarme con la película. Yo no lo elegí así, Michel Gondry, otra vez, había escrito mi historia. Fue como un viaje en el tiempo. La mente soñadora de Stéphane junto con su amor no correspondido me hicieron desear escapar en ese caballo de amarillo crin.

Cuando supe de la existencia de Mood Indigo ya no alcancé boletos para verla. En México la proyectaron como parte de un festival y la desidia, perdón, el tiempo, se comió mis días. Jamás había visto una sola película de él en una sala de cine y eso me desilusionaba; puede sonar exagerado, pero el cine es una extensión de mí: soy yo, es mi vida, mis amigos, mi familia, las fiestas a las que no voy, lo que me queda por conocer y lo que ya no quiero conocer.

Cuando por fin salió en video, me encontré viéndome a mí misma; era como si hubiera tenido una plática muy personal con Gondry acerca de mis sueños inexistentes: el baile, la pista de hielo, todo era perfecto, incluso las debilidades de los propios personajes ante la enfermedad y la muerte.

Michel Gondry fue mi más grande esperanza cuando hice mi primer viaje sola. Un viaje a esa ciudad caótica, anormal, llena de vicios humanos. Mi fantasma fue lo que subió a ese avión, pero cuando llegué a Georgica era yo otra vez. Pasé únicamente dos horas, quizá más, sola en esa playa, frente a mi casa: la casa que visitan Joel y Clementine haciéndose pasar por Ruth y David Laskin; la casa que se cae a pedazos y donde ella se despide con un “Meet me in Montauk”. Ahora vuelve a hacer lo mismo con la serie Kidding, que muestra a un personaje bondadoso que día a día se debate entre una vida desolada luego de la pérdida de su hijo y un divorcio y su vida dedicada a un programa para niños.


Por: Karemm Danel


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