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Viajar sola y con los extraños que se vuelven familia.

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Viajar sola y con los extraños que se vuelven familia.
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Por: Paulina

Primero, gracias a Sara por invitarme a colaborar, me gustaría platicarles sobre mis experiencias en viajes, que aunque no han sido muchísimas, han sido extraordinarias.

Mucha gente no se anima a viajar sola. Yo lo hice, porque eran más grandes mis ganas de viajar que mis miedos o que mi paciencia por esperar a un compañero o compañera de viaje. Además, desde que una vez, me perdí de un concierto porque una amiga al final dijo que ya no tenía ganas de ir, decidí no volver a perderme de nada por esperar a alguien. Fue por eso que me propuse ahorrar e irme al extranjero por primera vez en la vida.

Cuando viajas sola, estás contigo pero también la vida te pone a extraños en el camino que se convierten en tus mejores aliados en esos momentos. Tienes que estar totalmente alerta a todo lo que sucede a tu alrededor y sí, no es nada fácil.

Las primeras impresiones de enormes aeropuertos es abrumadora. Si te pasa esto, no te pongas nerviosa, siempre habrá gente que te ayude, por extraño que parezca (sobre todo a alguien chilanga como yo que por miedo e inseguridad hemos perdido un poquito el sentido de empatía con el viajero). Cuando regresaba de Londres a México, creía que iba a perder el vuelo por retrasos en el transporte público y cuando llegué a ese aeropuerto inmenso, blanca del susto, me tendió la mano amablemente una joven musulmana que me ayudó con mi check in y pude hacer el trámite correctamente para llegar a tiempo al vuelo que me traería casa, porque como leí en un poema de Gabriel García Márquez; viajar es regresar.

Cuando me dirigía a Bruselas desde Londres, nunca había tomado un tren en mi vida. Me bajé en la primera parada y resultó ser Francia y no Bélgica. Vi a una madre con su bebé y pensé que sólo por ser madre no tenía maldad y le pedí ayuda. Le pedí que si podía avisar al número de mi amiga que me estaba esperando, que estaba por llegar. No le pedí su teléfono, sin embargo ella me lo ofreció y me dijo “marca”.

En Ámsterdam, me vi abandonada por una “amiga” (curiosamente, la misma que no quiso acompañarme al concierto) con la que había acordado pasar el fin de semana en esa ciudad. Simplemente no quiso y me dejó sola. No conocía el idioma y mi celular no tenía nada de recepción. Decidí regresarme a Londres donde ya había estado con un familiar y me sentía más segura. En el vuelo de regreso conocí a una señora de origen japonés.  Resultó ser mucho más amistosa y amable que aquella chica que yo creí conocer muy bien y consideraba mi amiga.  La señora me protegió como una madre; me dio consejos, me regaló dulces, un llavero con dos campesinos japoneses que me dijo era de buena suerte y una mascada (muy bella que aún conservo) incluso se tomó una foto conmigo con su celular y me dio sus datos y dirección “por si lo necesitaba”.

“¿Por qué tan sola güerita?” me dijeron una vez que pasé un fin de semana sola en Cancún. No contesté.  Pero viajo sola porque puedo estar más atenta a mi alrededor, lo que significa que he descubierto cosas maravillosas; mi seguridad, mi independencia o personas entrañables que se convierten en tus amigos en los momentos que más los necesitas.


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